Los desechos tecnológicos una intoxicación silenciosa


En 2015 ya nadie se pregunta qué son los desechos tecnológicos. Cada uno de nosotros tiene o tuvo en su casa un Celular, un PC, un monitor o algún otro aparato eléctrico o electrónico que o bien dejó de funcionar o quedó obsoleto y lo sustituimos por otro mejor.
A nivel empresarial se generan desechos tecnológicos todos los días. En nuestro país el volumen de desechos aún no está calculado, aunque existen estimaciones con muy poco fundamento científico.

Por otro lado, las tecnologías son cada vez más efímeras. Hace 50 años un teléfono (fijo, no había de otro tipo) duraba 20 o 30 años, una heladera era para toda la vida y un televisor duraba más de 20 años. Hoy los teléfonos los desechamos cuando se les agota la batería (2 a 3 años, incluso antes). Las heladeras no duran más de 10 años y ¿cuántos televisores cambiamos en los últimos 15 años?  Acaso, ¿alguien usa aun su primer televisor color?

Pero también vinieron los reproductores de video, luego los de DVD y ahora los Blue Ray,  ¿Qué hicieron con los reproductores de VHS, y con los VHS?

Hoy la vida es más vertiginosa, las cosas duran menos ya estamos acostumbrados. En 1981 el famoso Bill Gates pronosticaba que ninguna computadora iba a necesitar más de 640K de memoria y hoy no se vende ninguna que no tenga 50 veces esa memoria (3GB).

Por estos motivos el problema que parecía menor, cada día que pasa crece y se multiplica, porque la tecnología al final nos alcanza a todos.  Solo pensemos con cuántos aparatos convivimos todos los días y cuál es su vida útil en promedio, tanto en casa como en la oficina o la empresa.

El uso de las tecnologías es incuestionable, están ahí y hoy forman parte de nuestra cultura. Ya no se discute si deben utilizarse o popularizarse, reconocemos que amplían  nuestras capacidades, nos proveen de información, nos facilitan la vida, los trámites, el desarrollo social pero por sobre todas las cosas nos ahorran uno de nuestros bienes más valiosos: “el tiempo”.

Nos ahorra tiempo el no tener que ir a hacer un trámite personalmente, el permitirnos pagar una factura sin hacer colas, el poder hacer muchas cosas desde casa rápidamente cuando antes nos consumía muchas horas.

Además nos brinda “tranquilidad” el estar comunicados y no tener que preocuparnos de dónde están nuestros hijos, o por qué llega tarde una cita esperada. Hoy se soluciona con un simple mensaje de texto: “estoy atrasado,  llego más tarde”

Pero toda esa comodidad, tranquilidad y desarrollo también tiene otra cara, y es toda la  basura electrónica (e-waste) que genera y que no es otra cosa más que las computadoras, teléfonos móviles y aparatos eléctricos y electrónicos que han sido vendidos, donados, relegados o simplemente pasados al desuso por parte de su propietario original.

Estos equipos se pueden reciclar porque poseen metales preciosos, pero las actividades de reciclado deben realizarse con responsabilidad ya que junto con los metales preciosos se encuentran otros productos que son contaminantes, altamente tóxicos y cancerígenos.

La historia del e-waste  comienza en Suiza a través de la Convención de Basilea para el control de las basuras peligrosas, donde se realizó un acuerdo al que se suscribieron 170 países, aunque algunos no lo han firmado (Estados Unidos, Haití  y Afganistán entre otros).

El Convenio de Basilea, se firmó el 22 de marzo de 1989 y entró en vigor el 5 de mayo de 1992, se trata de un tratado internacional que fue diseñado para reducir los movimientos de residuos peligrosos entre las naciones, y en concreto para evitar la transferencia de residuos peligrosos de países desarrollados (ricos) a los países menos adelantados (pobres). Y también trata de reducir el volumen y la toxicidad de los residuos generados.

Este convenio surge como solución a los problemas planteados en la década del 70 cuando las leyes ambientales  que se generaron en los países desarrollados, obligaron a las empresas a asumir costos importantes para el tratamiento de los residuos, y resultó más económico enviar a los países en desarrollo los materiales contaminantes.  

Así surgen incidentes como el  del Khian Sea, cuando se trató de transportar cientos de toneladas de cenizas de Estados Unidos a Panamá para ser usadas en la construcción de una carretera, pero las cenizas contenían sustancias químicas tóxicas, el barco pasó 2 años yendo de un lugar a otro, intentando dejar su carga sin que ningún país lo aceptara. Sin embargo, en 1988 el barco reaparece con las bodegas vacías sin ninguna explicación.  

Y como la de Koko en el cual 5 barcos transportaron 8.000 barriles de residuos peligrosos de Italia a la pequeña ciudad de Koko en Nigeria a cambio de una renta de $ 100 mensuales que se pagan a un nigeriano (particular) por el alquiler sus tierras de cultivo para dejar estos 8000 barriles en ellas.

De todas formas, los no firmantes del acuerdo, y aun los firmantes, disfrazando sus cargas peligrosas como donaciones, o evadiendo el acuerdo o simplemente tratando de ocultar este movimiento continúan enviando sus residuos a países como India, China, Kenia y otros  que por sus frágiles legislaciones medioambientales, una mano de obra muy barata y un poco de desprecio a la vida,  reciben y procesan buena parte de la basura electrónica de los países industrializados.

En nuestro país aún no hay suficiente infraestructura para reciclar este tipo de residuos y se carece de información general y detallada en cuanto a estudios técnicos y de mercado. Además hay pocas empresas formales que se dedican a reciclar e-waste.

Muy por el contrario se estima una creciente proliferación de actividades “tipo artesanales” de recuperación, bajo sistemas informales que no garantizan la protección de los trabajadores ni del ambiente frente la manipulación y exposición a materiales tóxicos.  

No existe normativa ni a nivel nacional ni departamental que indique y controle la protección de los trabajadores ni del ambiente con el manejo de estos residuos.

Hay pocas iniciativas con muy poca difusión y un escaso nivel de acatamiento tanto del público en general, como de las empresas (públicas y privadas).  Peor aún algunas iniciativas que parecían buenas como la de las pilas han ido cayendo en desuso y las pilas, los celulares, PCs y monitores muchas veces se desechan junto con los residuos domiciliarios dificultando un tratamiento específico, el que por otro lado tampoco está regulado.

No existe una indicación clara de “qué hacer” para los ciudadanos o las empresas que quieren tratar de ser responsables. No hay una sanción para los que no lo son. Actualmente, en este tema reina el caos.

El Ministerio de Vivienda Ordenamiento  Territorial y Medio Ambiente ha regulado los desechos industriales, los envases, los desechos hospitalarios y hace ya más de 3 años. La DINAMA (Dirección Nacional de Medio Ambiente), tenía (o decía que tenía) un proyecto, anteproyecto de Ley o decreto, para el manejo de estos desechos.

Sin embargo la rueda no se mueve, tal vez porque el tema importa poco, o hay otros temas más urgentes. Aún no tenemos enfermos ni muertos por esta causa, o si los hay no estamos enterados. Aún no hemos valorado el costo de “no hacer nada”.  Y como no tenemos proyectos, tampoco valoramos el costo de “hacer algo”. Simplemente “pateamos la pelota para adelante”. Tal vez el tema preocupe a las autoridades pero claramente no las ocupa. Simplemente el tema no está en la agenda.

Desconocemos los motivos, pero nos podemos imaginar algunos. Existe un estatus quo estable donde algunos se benefician de la situación. No en vano somos un gran exportador de cobre sin tener ningún yacimiento.  Una  regulación que obligue a hacer las “cosas bien” tiene un costo, sacaría a empresas del mercado y nacerían otras en su lugar.  Pero los beneficios para los demás ciudadanos y el ambiente serían muy grandes.

Y qué se puede hacer entonces cuando no hay una reglamentación que nos obligue, cuando no sabemos qué hacer si queremos hacer las cosas bien.  La única solución al alcance de la mano para evitar el daño tanto a las personas como al ambiente es no desechar, y las posibles acciones para no desechar son 2: 1) Usar más tiempo,  y 2) Guardar nosotros mismos los desechos.

Pero esto tiene un costo, ocupa espacio y la tentación de “vender” o “dejar que se lleven” estos materiales y nos saquen el problema de arriba es muy grande.

Podemos tranquilizar nuestra conciencia, aunque solo por poco tiempo, cuando entregamos estos materiales a empresas que hasta nos “cobran” por retirarlos,  pero al no existir una normativa vigente, ¿quién nos asegura que estos desechos contaminantes se procesarán con respeto a las personas y al medio ambiente?  La respuesta es clara: “NADIE”, pero…  “TODOS JUNTOS PODEMOS”, tenemos que exigir a las autoridades una normativa que evite graves problemas de salud dentro de unos pocos años. O podemos esperar a que el problema sanitario aparezca para comenzar a tomar las medidas que ya  hoy sabemos son necesarias.

Nosotros consideramos que no podemos esperar, porque las cifras que se publican a  nivel mundial indican que  todos los años se generan 50.000.000 de toneladas de basura electrónica, una cantidad difícil de imaginar, Greenpeace calculó que si estos desechos se pusieran en vagones, el tren que se formaría daría la vuelta al mundo.

En nuestro país, la basura tecnológica es importante, porque tenemos una gran penetración de la tecnología (inducida entre otros por el plan ceibal), por tanto los desechos per cápita podrían compararse con los países desarrollados por ejemplo Estados Unidos, donde en 2009 se vendieron 438 millones de productos electrónicos  casi 1,5 aparatos por casa ciudadano  y calculan 7 kilos de residuos por habitante.

En Uruguay extrapolando las cifras serian 4,5 millones de aparatos vendidos  y estaríamos desechando 22  millones de kilos de desechos por año (si tuviésemos ferrocarril podríamos formar un tren de la Plaza Libertad al puente de Carrasco).

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